La fe que no necesita piernas / Por José Hermilo Amezcua

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Hoy me di permiso para no escribir de deportes o de política.  Y aunque hablo de futbol todo el tiempo con él, esta madrugada al observarlo mientras dormía plácidamente, vi su fragilidad en total plenitud. Sin sus dos piernas y una severa dificultad para respirar, más un pañal que contiene sus necesidades biológicas, me hicieron ver que, aunque ya no es independiente, su dignidad en su vejez sigue intacta.

A sus 91 años, mi viejo es un testimonio vivo de resistencia y de fe. Hace poco, la diabetes intentó apagar su luz definitiva, arrastrándolo hasta el borde mismo de la vida.

Sin embargo, se salvó por un milagro de la vida, por terquedad o simplemente porque su hora no había llegado, pero el precio del rescate fue devastador: hoy sus dos piernas ya no están, y eso es doloroso y fuerte.

Es por ello que nosotros nos convertimos en sus extremidades y caminamos por él para cobijarlo en su etapa más difícil y dolorosa.

Verlo ahora es asomarse a una realidad conmovedora. Hay una fragilidad extrema en su cuerpo herido, una vulnerabilidad tan profunda que nos ha cambiado los roles por completo.

El hombre que alguna vez caminó firme y sostuvo a una familia de cinco hijos y una esposa indestructible, hoy depende de nuestras manos para todo. Lo cuidamos con la delicadeza, el celo y la ternura con la que se cuida a un bebé recién nacido. Cada movimiento, cada comida y cada hora de sueño es un acto de amor y protección absoluta hacia mi viejo.

Con su reloj ajustado como en aquellos días de trabajo incesante, ve la hora y acepta resignado el nuevo rol que, de acuerdo a él, es decisión de su Dios y de su virgen. Aunque a veces le duelen los muñones, su fe le pone sentido y les pide que no lo olviden y le quiten los dolores. Ese es mi viejo.

Sin embargo, en medio de esa dependencia física, ocurre algo maravilloso: su dignidad permanece intacta. No hay silla de ruedas ni ausencia física que pueda restarle un tanto del hombre valioso que es. Sigue pensando en cantar y sigue con su análisis permanente del futbol y de la política.

Su mirada sigue siendo el reflejo de una larga historia, su voz conserva el peso de su autoridad afectiva y su presencia llena cada rincón de la casa.

El cuerpo de mi viejo está incompleto, pero aún así, está más completo y presente que nunca. No se rinde, reza, intenta mover su cuerpo, aunque ya no puede, sonríe, abraza y besa a su hija Lulú y platica con su esposa de lo que fue, de lo que es y de lo que será.

Y en cada respiración, mi viejo Don Hermilo Amezcua Castillo nos recuerda que la verdadera esencia humana no reside en las piernas que nos mueven, sino en la fuerza del alma que se niega a rendirse.

Así esta pequeña historia del hombre que me dio la vida, y a quien su Dios, su virgen y su confianza le dieron una segunda oportunidad de vivir para llenarlo de amor, gratitud y mantener integra su dignidad de hombre y de ser humano, para demostrarnos a todos: que la fe no necesita piernas.

El cargo La fe que no necesita piernas / Por José Hermilo Amezcua apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.